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La Rochelle - Isla de Ré, un puerto y una isla
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Sus tiendas, mercados, restaurantes e incluso museos, delatan un marcado gusto por lo exótico y cosmopolita que de alguna forma nos recuerdan que hasta finales del S.XVIII esta ciudad universitaria que aun no ha superado los cien mil habitantes.


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Desde 1988 un puente une los destinos del puerto con mayor personalidad de la costa atlántica francesa y la isla más romántica y seductora de su entorno.

LA ROCHELLE.

Desde que en 1130 Guillermo X de Aquitania la liberó de toda tutela feudal o eclesiástica, La Rochelle ha sido una referencia en la costa oeste francesa, luchando siempre por su independencia y manteniendo un estilo propio de vida.

Alrededor de su antiguo puerto lleno de cafés y terrazas y aun protegido por tres indómitas torres medievales, se extienden sus barrios históricos donde antiguas casas con entramados de madera y pizarra, se entremezclan con palacios de piedra de estilo renacentista a través de elegantes calles cubiertas con arquerías y soportales.

Sus tiendas, mercados, restaurantes e incluso museos, delatan un marcado gusto por lo exótico y cosmopolita que de alguna forma nos recuerdan que hasta finales del S.XVIII esta ciudad universitaria que aun no ha superado los cien mil habitantes, fue la puerta de Francia a Canadá y a muchas de sus colonias de ultramar. Al otro lado del puerto, el viejo barrio de pescadores du Gabut y la Ville-en-Bois con sus características casas multicolores de madera, acoge un insólito acuario que atrae a miles de visitantes cada año.

Ahora además de ser una de las ciudades más hermosas y populares del litoral, rodeada de magníficas playas y un conjunto de islas espectaculares, a La Rochelle se la conoce sobre todo como uno de los mayores centros del mundo de la vela, acogiendo numerosas regatas y « Le Grand Pavois » una de las ferias más prestigiosas del sector además de contar con el mayor puerto de recreo de la costa atlántica.

CUATRO TORRES : El « Vieux Port » o Puerto Viejo sigue siendo el corazón de la ciudad, las vendedoras de sardinas y los pescadores remendando redes de la Cours des Dames han sido sustituidos por músicos, artistas y camareros de las muchas terrazas que animan de forma permanente el ambiente de este gran salón urbano que no descansa ni de día, ni de noche (aquí y en el puerto deportivo de Les Minimes se concentra « la marcha ») enmarcado por cuatro torres monumentales, tres de las cuales se pueden visitar con la misma entrada :

Cafés y terrazas en puerto la Rochelle. Francia
- La de San Nicolas con una altura de 42 m aunque ligeramente inclinada, es una verdadera fortaleza edificada en el S.XIV en cuyo interior todavía se conserva intacto un magnífico espacio abovedado de estilo gótico, conocido como la Sala de los Gobernadores. Lo mejor sin embargo es la espectacular vista que se divisa desde su plataforma superior protegida por imponentes almenas y matacanes.

- Justo en frente, se alza otra Torre del S.XIV conocida como La Cadena que la unía a la anterior para cerrar el puerto y que según el escritor Rabelais, servía también para atar a Pantagruel a su cuna. Actualmente alberga una exposición permanente dedicada a la relación de la ciudad con Canadá.

- Frente a los últimos restos de las murallas de la ciudad se levanta la Torre de la Linterna del S.XV que debe su nombre a la curiosa estructura que conserva en su parte superior utilizada durante siglos como faro y referencia para los barcos que se acercaban a la ciudad. En la antigua Sala de Guardia se narra la historia de La Rochelle. Desde el curioso pináculo octogonal que corona el edificio se divisa una vista insólita del Casco Viejo.

- Completa el circuito la « Porte de la Grosse Horloge », otra imponente torre medieval que comunica el Viejo Puerto con el Casco Viejo. En el S.XVIII se le añadió un campanario donde se encuentra el reloj que le da su nombre.

Un paseo por el casco viejo

Al otro lado de la « Porte de la Grosse Horloge» se esconde una ciudad monumental que apenas ha cambiado en su aspecto desde hace más de cien años y que sigue concentrando gran parte de su actividad comercial y de ocio. En el lado izquierdo se concentran las calles más señoriales como la rue de Chaudrier y la de l’Escale, donde todavía se pueden ver en forma de adoquines las piedras utilizadas como lastre por los barcos procedentes de Canadá. Llama la atención la Casa Venette, un palacio del S.XVII que fue construido para albergar a uno de los médicos más famosos de la ciudad. A dos pasos, el Palacio Fleuriau acoge el Museo del Nuevo Mundo en donde se cuenta la aventura colonial francesa a través de los muchos objetos y tesoros que trajeron los comerciantes y armadores locales. No lejos de allí, se encuentra la casa conocida como de Enrique II que debe su nombre al estilo con que fue decorada su fachada pero también frente a la sobria Catedral de St-Louis se puede entrar en el Café de la Paix, el último de los grandes establecimientos del S.XIX que sigue abierto quizás para seguir recordando a Georges Simenon, el creador del Inspector Maigret que fue uno de sus más asiduos clientes.

Puerto la Rochelle, Francia
La rue du Palais conocida por sus soportales y multitud de tiendas ha sido desde hace siglos la columna vertebral del comercio de La Rochelle. En su entorno se encuentra el Palacio de la Bolsa, el Palacio de Justicia y más allá, entre callejuelas y pasadizos cuajados de casas con entramados de madera y pizarra, se alza la plaza del Mercado, uno de los rincones más animados de La Rochelle. Desde allí vale la pena seguir por la Grande-Rue des Merciers que como su propio nombre indica, es otra de las calles con mayor actividad comercial donde también se pueden ver alguna de sus casas más hermosas.
Tampoco hay que perderse el Ayuntamiento, cuya espectacular fachada fue construida en tiempos de Enrique IV y María de Medicis en el más puro estilo italiano.

El mar como referencia

Aunque hace tiempo que La Rochelle perdió su protagonismo como puerto comercial, su destino sigue unido al mar, habiéndose convertido en una de las grandes capitales de la vela en el mundo. Desde el mismo Vieux Port salen excursiones a las islas circundantes pero también de forma continua, barcos-autobuses eléctricos que comunican con el inmenso puerto deportivo de Les Minimes donde tres grandes dársenas acogen a 4 000 veleros, siendo considerado el primer puerto deportivo europeo del Atlántico.

Para conocer la historia de su tradición marinera hay que acercarse a la Ville-en-Bois, un barrio de casas de madera entre el Puerto Viejo y Les Minimes. Allí se encuentra el Museo Marítimo que se ocupa de la restauración y mantenimiento de una flotilla de barcos con el fin de mostrar la actividad marítima del litoral Atlántico. Está complementado por el Museo Flotante donde se pueden visitar varios barcos y el Museo en el Muelle que recrea las actividades de una lonja, además del Museo de Miniaturas donde no hay que perderse una impresionante batalla naval.

Puerto viejo Les Minimes. La Rochelle, Francia
La estrella indiscutible del barrio es sin embargo el Acuario, uno de los más grandes del mundo.

La mar de fiestas

No hay ningún momento del año que La Rochelle no esté celebrando alguna fiesta, un festival o una feria. En Marzo se celebra la primavera de los Poetas ; en Abril, Pasión por los Jardines y un gran Mercado de Alfareros y Ceramistas ; en Mayo La Semana Internacional de la Vela ; en Junio, el Festival Internacional de Cine ; en Julio, Música en francés en el maratón de las « Francofolies » ; en Agosto y en Octubre, Festival de Jazz ; en Septiembre, el Grand Pavois, la feria más importante relacionada con el deporte náutico en Europa pero también la prueba Transat 6.50 Bahia y un Festival de Televisión y en Noviembre. Y hay mucho más…

Muévete a tu aire por La Rochelle

La Rochelle cuenta con una amplia red de transportes para conocer la ciudad a tu ritmo. Los autobuses, bicicletas y coches eléctricos Yélo son algunos de los medios que puedes utilizar para visitar cada rincón de La Rochelle. Un modo de conocer la ciudad de forma especial y respetando el medio ambiente.

ISLA DE RÉ

Sólo hay que atravesar el puente que la une a tierra firme desde hace más de veinte años para enamorarse de esta bucólica isla de 32 km de largo por unos 5 km de ancho que mantiene intacta su idiosincrasia y su peculiar estilo de vida a pesar de haberse convertido en uno de los destinos turísticos más populares y exclusivos en Francia. Nada en su aspecto parece haber cambiado, ni en su capital, Saint-Martín protegida por un impresionante conjunto de defensas militares diseñado por el gran Vauban y declarado Patrimonio de la Humanidad, ni en la infinidad de pueblecitos, entre viñedos, salinas, bosques e inmensos arenales que salpican su geografía. El color claro, casi blanco, de sus casas de piedra que nunca superan dos pisos, contrasta con ese peculiar verde o azul de sus contraventanas y el naranja de las tejas que las cubren. Aquí reina ese sentimiento tan particular que los franceses definen como « La joie de vivre ».

Saint-Martin-de-Ré. Isla de Ré, Francia
La vuelta a la isla en trece estaciones

Se puede dar la vuelta a la isla en un solo día pero es mejor dedicarle varios. Lo primero quizás que hay que tener en cuenta es que en realidad Ré está formada por cuatro islotes: Ré, Loix, Ars et Les Portes que con el tiempo y la ayuda del hombre, se transformaron en una sola isla.

El primer punto de interés si se viene de tierra firme, es el Fort de la Prée, una compleja fortificación del S.XVII en forma de estrella por donde se accedía desde el mar a la isla. Muy cerca de allí, en la costa este, se encuentran las románticas ruinas de la abadía cistercience « Des Châteliers », el edificio más antiguo de Ré. A dos pasos, se puede visitar la Maison du Platin, dedicada a explicar los orígenes geológicos de la isla, mostrar algunos de los hallazgos arqueológicos, incluidos restos de la cercana abadía pero sobre todo a contar sus actividades marítimas y agrícolas. Es un museo muy didáctico pensado en los niños que puede servir de introducción para entender este entorno tan singular.

Uno de los puntos fuertes de la isla es su capital, Saint-Martin, protegida por una inexpugnable fortaleza diseñada por Vauban y declarada Patrimonio de la Humanidad pero que sobre todo llama la atención por el encanto que derrochan sus calles empedradas frente al puerto y el ambiente cosmopolita que se respira en sus muchos cafés, restaurantes, hotelitos de lujo y en las tiendas donde se pueden adquirir algunos de los productos que se relacionan con Ré, como sus vinos, mermeladas, flores de sal y objetos curiosos con sabor marino. Aquí también se encuentra el Museo Ernest-Cognacq (fundador de los grandes almacenes La Samaritaine), el más importante de este entorno que ocupa el Palacio de Clerjotte, un edificio de origen gótico pero que más tarde se terminaría durante el Renacimiento y que recientemente se ha ampliado con un ala totalmente contemporánea. Su colección es ecléctica aunque llena de curiosidades de gran interés. Antes de dejar la capital, es obligatorio subir al campanario de su Iglesia Parroquial desde donde se domina su famoso conjunto de fortificaciones.

Seducción marina, en estado puro

Más al norte, en Loix, siempre en la costa oriental, vale la pena acercarse al Ecomuseo de las Salinas donde se explica en profundidad una de las actividades económicas más importantes de esta costa, dando la oportunidad de conocer de primera mano, un habitat casi secreto. Ya en el extremo este, en las salinas Les Portesen-Ré, la Maison de Fier alberga el Centro de Interpretación de la Reserva Natural Nacional de Lilleau des Niges, conocida sobre todo por el avistamiento de numerosas aves migratorias. Muy cerca, los amantes de la música de Charles Azanavour tienen una cita en el Bois de Trousse-Chemise que inspiró una de sus canciones más conocidas. En el extremo norte se encuentran varias salinas y algunas de las playas más populares, como la Conche-des-Baleines.

Playa en el Bois de Trousse-Chemise. Isla de Ré, Francia
Aunque si sólo hubiera que destacar un solo monumento de esta zona, este sería sin duda el Faro de las Ballenas que con sus 57 m es uno de los más altos de Europa y uno de los más hermosos. Quien se atreva con sus 257 escalones se verá recompensado con las mejores vistas sobre esta parte del litoral.

Ya en la costa oeste hay que explorar el pueblecito de Ars-en-Ré donde de inmediato llama la atención su curioso campanario pintado en negro y blanco que cuenta con un pequeño museo pero que sobre todo, se ha convertido en un mirador excepcional desde donde se contempla la costa oeste en su totalidad. Después de atravesar otros pueblos cercanos y playas idílicas, como Le Bois-Plageen-Ré, se alcanza un antiguo horno de cal transformado en la Maison du Magayant, un museo dedicado al mundo de la pesca local y a ese personaje tan entrañable que le da nombre, a mitad de camino entre pescador y campesino. Y para terminar, se puede explorar la Redoute de Rivedoux, otra de las muchas fortificaciones diseñadas por Vauban en esta costa.

Burros con gayumbos

Desde abril hasta noviembre en el Parque de la Barbette especializado en la cría de caballos y burros autóctonos como el « Baudet du Poitou » o el « Trait Poitevin Mulassier » se mantiene la costumbre de ponerle gayumbos o pantalones de pijama de rayas azules o rojas a los burros, tal como se hacía en la isla hasta hace relativamente poco para proteger a los animales que salían a trabajar en las salinas y marismas de las picaduras de mosquitos y todo tipo de insectos.

Mercados diurnos pero también nocturnos

Uno de los grandes atractivos de Ré son sus mercados. Cada uno de los pueblos tiene uno con un estilo propio pero hay dos muy particulares. Al Mercado Cubierto de Saint-Martin los habitantes de la isla no vienen por la cantidad sino por la calidad para encontrar el mejor pescado fresco, ostras escogidas, salchichones, quesos, frutas o verduras frescas. En La Flotte cada mañana por otra parte, se organiza un mercado medieval siguiendo una tradición que apenas ha cambiado desde el S.XII donde con un ambiente distinto, se venden los mismos productos de calidad de la isla. Si se viaja a la isla durante el verano hay que recordar que todas las noches se instala un mercadillo en los muelles del puerto de Saint-Martin pero también en las otras poblaciones, coincidiendo con sus fiestas locales.

Para los interesados en productos relacionados con la sal el mejor sitio es La Cabane des Sauniers en Ars-en-Ré. El mejor marisco suele encontrarse en La Ferme Marine en La Couardesur- Mer, los más golosos tienen cita en Le Jardin de Lydie en Le Bois-Plage-en-Ré donde se elaboran más de sesenta tipos de mermelada. Y para los amantes del vino nada mejor que acercarse a la Cooperativa de Viticultores de la Isla de Ré también en Le Bois-Plage-en-Ré.

Mercado cubierto de Saint-Martin. Isla de Ré, Francia
A pie, a caballo o en bici

La isla de Ré no sólo se puede explorar en coche : ofrece las condiciones perfecta para caminar por docenas de senderos, tanto al borde del mar como por el interior; a caballo, por sus bosques, caminos vecinales e incluso por las playas a ciertas horas del día a través de tres acogedores centros de equitación pero sobre todo, lo más popular es recorrerla en bici. La isla es totalmente llana y hay más de 100 km acondicionados especialmente para ello. Sólo se necesita tener una bicicleta o en su defecto, alquilarla en alguna de las numerosas empresas que salpican la geografía de la isla.

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